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Sitio de Alesia

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Sitio de Alesia

Mensaje  Scipio el Lun Nov 08, 2010 9:02 am

La batalla de Alesia o el sitio de Alesia fue un enfrentamiento militar desarrollado en el mes de septiembre del año 52 a. C., en la región de la tribu gala de los mandubios, y que tuvo como escenario principal su capital, la fortaleza de Alesia.
Vercingetorix huyendo de César acampó a las afueras de Alesia (el actual Monte Auxois, en las laderas de la Côte d´Or), una de la poblaciones de los mandubios situada en la cumbre de una colina. Un día después, César levantó su campamento frente a la ciudad y salió a reconocer el terreno. La ciudad estaba ubicada en una larga ladera de acusadas pendientes. Al oeste se extendía una amplia llanura, pero en los otros tres lados había terreno elevado, cruzado por varios valles. En conjunto, estas lomas y colinas tenían una forma aproximada de media luna y un arroyo discurría por el norte y el sur de la colina central de Alesia. Un asalto directo sería arriesgado y provocaría numerosas bajas tuviera o no tuviera éxito, dado que Vercingetórix y sus hombres tenían la ventaja del terreno.



César sostiene que ahora que lo galos contaban con 80.000 hombres de infantería además de su caballería, pero, como era habitual, es difícil saber hasta qué punto esta cifra es fiable. Napoleón se mostraba escéptico y dudaba que los galos pudieran superar a los romanos en número. Aunque la cifra fuera correcta, el ataque directo era una opción poco atractiva. En esta ocasión César disponía de la totalidad de su ejército y, observando el terreno, confiaba en poder cercar y bloquear Alesia y el ejército galo.



Los romanos iniciaron la construcción de un conjunto monumental de obras para el asedio, con una muralla que medía 18 Km. e incluía 23 fortines, así como campamentos de considerable tamaño donde los soldados podrían descansar. Los galos no permitieron que las obras se ejecutaran tranquilamente y enviaron a sus jinetes a atacarlas. La caballería auxiliar y aliada les salió al encuentro, pero, hasta que César no mandó su reserva de jinetes germanos e hizo formar a algunos de los legionarios para respaldarlos, no lograron repelerlos. Resignado a la idea de soportar un sitio, Vercingetorix alejó a su caballería antes de que se cerrara el bloqueo y les ordenó que regresaran a sus tribus y reunieran un ejército de auxilio. El destino de la Galia se decidiría en Alesia, porque César se mantendría allí con tanta determinación como había encerrado a Vercingetorix. Las reservas de grano de Alesia fueron sometidas a un control central para ser repartidas en raciones justas, mientras que el ganado se distribuyó entre varios individuos para que se ocuparan de las bestias hasta su sacrificio. Los galos se prepararon para esperar el rescate y el enfrentamiento final con César. Los romanos continuaron trabajando para completar su línea de circunvalación, que rodeaba toda la colina. El emplazamiento fue localizado y excavado bajo los auspicios de Napoleón III, que sentía una especial pasión por este episodio de la historia de Francia.
Más recientemente, las técnicas modernas y nuevas excavaciones han confirmado una idea que, en todos los aspectos importantes se corresponde de modo asombroso con la descripción hecha en los Comentarios.


Al oeste, por donde se abría la llanura, los romanos cavaron un foso de lados rectos y unos seis metros de anchura, que iba de un arroyo al otro con el fin de obstaculizar el avance del enemigo y retrasarlo y avisar de que se estaban aproximando. La línea de defensa estaba situada cuatrocientos pasos (unos 120 m.) más atrás y consistía en dos zanjas: la interna estaba llena de agua allí donde era posible, y detrás de ella, una muralla de 3,5 m. de altura reforzada con altas torres a intervalos de 20 m. Delante de las zanjas colocaron una serie de obstáculos y trampas a los que los legionarios habían dado macabros apodos. Las estacas cuyas puntas habían sido afiladas y que habían sido endurecidas al fuego eran los “mojones” (cippi o cipos), las que se escondían en fosos circulares y se cubrían de follaje eran llamadas lirios (lilia) por su forma, mientras que los bribulus y los pinchos medio enterrados eran estímulos. Este tipo de trampas podían causar víctimas entre los atacantes, sobre todo si avanzaban durante la noche, pero su principal función era ralentizar una carga y despojarla de ímpetu, ya que los hombres se veían obligados a sobrepasarlas caminando sin apenas pisarlas. Las defensas eran suficientemente fuertes para que incluso un reducido número de hombres pudiera mantener las líneas aunque sufrieran un asalto importante, de manera que gran parte del ejército podía dedicarse a buscar vivieres y continuar las obras. Tan pronto como la línea estuvo terminada, el procúnsul ordenó a sus soldados que construyeran otra mirando al exterior, una línea de contravalación para defenderlos cuando llegara el ejército de auxilio. Era esencial acumular tanto grano y animales de granja como fuera posible antes de su llegada, y César dio instrucciones a sus hombres de recopilar bastante para mantener a todo el ejército durante treinta días. César tenía a su disposición a todo el ejército y a sus más capaces oficiales. Además de los legados entre los que se contaban Quinto Cicerón y Cayo Trebonio, también estaban a su lado Décimo Bruto y su nuevo cuestor, Marco Antonio. Los romanos trabajaban y los galos de Alesia les observaban, lanzando ocasionales incursiones de hostigamiento, pero si querer correr el riesgo de un enfrentamiento importante hasta que la ayuda del exterior no hubiera llegado. Ambos bandos estaban aguardando a que estallara la tormenta.


Las tribus tardaron un tiempo en reunir una fuerza de auxilio: los jefes se reunieron y acordaron el número de guerreros que suministraría cada pueblo. César proporciona un larga lista de los contingentes solicitados a cada tribu y afirma que el ejército llegó a contar con 8.000 jinetes y 250.000 soldados de infantería, uno de los ejércitos galos más grandes que hubiera combatido jamás. Se nombraron cuatro líderes: uno era Comio, el rey de los atrebates y otros dos eran jefes que habían comandado la caballería edua de César a principios de año. El último era Vercasivelauno, un primo de Vercingetórix. Las tropas se reunieron con lentitud y, una vez formadas, también se movían con lentitud, algo inevitable en una fuerza tan gitanesca. Entretanto, los hombres de Alesia cada vez estaban más nerviosos ante la perspectiva de que el ejército de auxilio no llegara y decidieron adoptar medidas desesperadas. Las gentes de la propia ciudad, las mujeres y los niños que no podían luchar, fueron expulsadas para que esas bocas “inútiles” dejaran de consumir las provisiones que necesitaban los guerreros. Puede que Vercingetorix diera por supuesto que los romanos les permitirían atravesar sus líneas para ponerse a salvo. En ese caso sufrió una gran decepción: César reforzó los centinelas de la empalizada y no dejó pasar a nadie. Tal vez temiera que el paso de tantos refugiados sirviera de protección a un ataque de los guerreros o bien se mostraba reacio a permitir que entraran en una zona donde su ejército seguía recopilando alimentos y agotaran los recursos que necesitaba para su tropas. Quizá creyó que los galos se verían obligados a readmitir a los civiles, con lo que su bloqueo resultaría efectivo más rápido. Pero no lo hicieron. Ambos contendientes mostraron la misma frialdad y falta de misericordia.

Por fin el ejercito de auxilio llegó a Alesia y acampó en un terreno elevado, seguramente al suroeste, a cerca de un kilómetro de la línea de contravalación. Al día siguiente, el ejército se concentró, con la caballería delante en la llanura y las vastas multitudes de infanterías, detrás, en las pendientes, haciendo ostentación de sus numerosísimos efectivos ante el enemigo y los sitiados. Como respuesta, Vercingetorix hizo salir a sus guerreros de la ciudad y del campamento. Avanzaron y rellenaron una parte del inmenso foso que los hombres de César habían excavado frente a sus líneas. Allí se detuvieron, prestos a atacar en combinación con el ejército de auxilio. Las legiones estaban preparadas, los hombres se habían desplegado en ambas líneas de asedio para hacer frente al ataque desde las dos direcciones. Con un gesto que pretendía demostrar su confianza, César ordenó a sus jinetes que salieran de las líneas para enfrentarse a la caballería de la fuerza de auxilio y dio comienzo una lucha veloz que se desarrolló durante toda la tarde y que, durante buena parte del enfrentamiento, pareció favorecer a los galos, hasta que la caballería germana de César cargó una vez más otorgando el triunfo a los romanos. Los galos no hicieron participar a su infantería y los ejércitos regresaron a sus campamentos al caer la tarde.



Germanos

El nuevo día fue dedicado a los preparativos, los guerreros galos se pusieron a fabricar escalas y cuerdas para amarrarse y escalar la empalizada y a preparar hatos de zarzas para rellenar el foso del enemigo. El ejército de auxilio atacó a medianoche, lanzando un gran grito de ánimo para hacer saber a Vercingetórix que entraban en acción (con los romanos entre las dos fuerzas galas no tenían medio de comunicación directo). El arverno ordenó a los trompetas que tocaran señal de ataque para sus propios guerreros, lanzándose contra el tramo correspondiente de la línea de circunvalación. Sin embargo, tardaron mucho en organizarse y más tiempo todavía para rellenar más tramos del foso romano. Al final, llegaron demasiado tarde para ayudar a sus camaradas. Era una lucha enconada, pero, en un momento dado, Marco Antonio y el legado Trebonio, que estaban al mando de esta sección de las líneas, hicieron avanzar a las reservas y repelieron ambos ataques. Las defensas construidas con tanto esmero por los hombres de César habían demostrado su valía.

Esta vez, antes de lanzar un nuevo asalto, los cuatro jefes del ejército de auxilio tuvieron la precaución de explorar el terreno y hablar con los habitantes del lugar que conocían la zona. Decidieron que el punto más vulnerable era el campamento romano de la ladera de una colina que conformaba la punta noroeste del terreno elevado con forma de media luna que circundaba la ciudad. Los romanos no habían conseguido incorporar la colina dentro de sus líneas porque hacerlo habría aumentado la ya ingente tarea de construir las líneas. Sólo dos legiones ocupaban esa zona, pero Comio y los demás jefes resolvieron enviar casi un cuarto de su infantería, unos 60.000 guerreros seleccionados, contra aquella posición. Vercasivelauno ordenó a sus hombres salir de noche, los dirigió hacia la pendiente opuesta de la colina, donde podían aguardar sin que los viera el enemigo. Habían planeado lanzar ataques en otros lugares para distraer la atención del adversario antes de que el auténtico asalto comenzara a mediodía. Vercingetórix presenció parte de los preparativos y, aunque no conocía los detalles del plan, decidió brindar tanta ayuda como le fuera posible lanzando un ataque total contra las líneas internas. A mediodía Vercasivelauno y sus hombres se extendieron por la cima de la loma y bajaron la pendiente en dirección al campamento elegido. Al ser atacados en tantos lugares al mismo tiempo, los defensores romanos no contaban con efectivos suficientes para cubrir todo el terreno y fueron sometidos a una tremenda presión. Las líneas eran muy amplias, pero César se dirigió a una posición desde la cual podía ver la mayor parte de la acción y comenzó a ordenar a las reservas que se dirigieran hacia allí para reforzar los sectores amenazados. Aun así, depositaba mucha confianza en sus oficiales superiores para mantenerle informado y tomar la iniciativa cuando no había tiempo para consultarle. Poco a poco, Vercasivelauno comenzó a abrirse camino frente al campamento de la ladera y César optó por enviar a Labieno, su mejor subordinado, con seis cohortes (unos 3.000 hombres) para respaldar a aquellos hombres. El legado superior recibió instrucciones de utilizar su juicio y abandonar la posición y sacar de allí a la guarnición si no podían mantenerla.

En aquel momento, César dejó su puesto de vigilancia, sabiendo que no bastaba con observar y dirigir. Fue hacia los hombres y les alentó mientras luchaban, diciéndoles que este día decidiría toda la guerra. Vercingetórix y sus guerreros habían sido repelidos en sus primeros ataques contra las secciones más débiles de la línea de circunvalación. Ahora adoptaron la estrategia de asaltar varios lugares que estaban mejor protegidos por las pendientes, pero con escasa protección militar. En un momento dado, escalaron la muralla y utilizaron garfios y cuerdas para derriban una de las torres romanas. César mandó a Décimo Bruto hacia allí con algunas tropas, pero no pudo frenar el avance del enemigo. Más cohortes comandadas por el legado Cayo Favio fueron enviadas para apoyarle y el hueco de la línea fue cubierto. Una vez superada la crisis, César se alejó al galope para ver cómo estaba aguantando Labieno en el fuerte de la ladera. No fue solo, sino que reunió a toda prisa cuatro cohortes (unos 2.000 hombres) con soldados de uno de los fortines cercanos. La mayor parte de la caballería del ejército estaba inactiva y los dividió en dos grupos: mantuvo a una de las fuerzas a su lado y ordenó a la otra ir más allá de la línea de contravalación, rodearla y atacar a los hombres de Vercasivelauno por el flanco. Para entonces, los soldados de Labieno habían perdido el control del terraplén del fuerte, pero el legado había logrado encontrar catorce cohortes y unirlas a las seis que había llevado con él y a las dos de la guarnición. Con esta formidable fuerza (unos 11.000 hombres) había creado una línea de batalla cerrada dentro y cerca del fuerte y envió mensajeros a César para informarle de lo que estaba ocurriendo. Todo estaba listo para el punto crítico del asedio y la campaña.


Legionarios de la Legio X Gemina en acción

El contraataque romano inclinó la balanza irrevocablemente a su favor. El intento de romper las líneas de César terminó en un sangriento rechazo. Vercingetórix y sus hombres también habían sido incapaces de romper el cerco y se retiraron cuando vieron el fracaso absoluto de los esfuerzos del ejército de auxilio. A Vercingetórix y sus hombres se les estaba agotando el alimento y no veían posibilidades de huida.
Al día siguiente, Vercingetórix convocó a sus jefes a un consejo. Sugirió que debían rendirse y añadió que él estaba dispuesto a entregarse a los romanos. Al parecer, ninguno de los asistentes al consejo puso ninguna objeción y mandaron enviados a César, que exigió que entregaran las armas y que los líderes se rindieran. En los Comentarios el acto de la capitulación se describe brevemente. Según Plutarco y Dión, Vercingetórix se puso su más lujosa armadura y salió de la ciudad a lomos de su mejor caballo de batalla. Aproximándose al tribunal donde César ocupaba la silla de magistrado, el jefe arverno dio una vuelta en torno a su adversario, desmontó, depositó sus armas en el suelo y se sentó sus pies a la espera de que se lo llevaran.



Prácticamente todas las tribus capitularon. En muchos sentidos, la victoria final de César fue tan grandiosa debido a la cantidad de pueblos que se habían unido a la revuelta. Por fin, las tribus celtas/galas habían probado el poder militar de las legiones y habían sufrido una derrota aplastante, por lo que casi todos ellos aceptaban ahora la realidad de la conquista. Césas fue generoso con los cautivos de los eduos y los arvernos y probablemente también con los de las tribus que dependían de ellos. Estos hombres no fueron vendidos como esclavos, aunque Vercingetórix fue mantenido prisionero hasta la celebración del triunfo de César y fue condenado a un estrangulamiento ritual a la manera tradicional romana.


Mujeres galas capturadas

Aquí teneis un audio sobre la batalla de Alesia. Para descargarlo, boton derecho de ratón sobre el link y Guardar destino como. Para reproducirlos directamente solo haced click sobre el link. Espero que os guste


Batalla de Alesia



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